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por Lic. María Elena Mamarián ¿Qué significa
estar solo, o ser solo? ¿Dónde están los otros (los supuestamente no
solos, o acompañados), para que los solos se sientan solos? ¿Quiénes
son los solos? Los solos, ¿se sienten solos? o ¿están
solos?Evidentemente todas estas preguntas son un intento de aclarar los
términos, despejar prejuicios y conocer a los protagonistas
Por lo tanto, brevemente trataré de delimitar el campo al cual quiero referirme.
- La
soledad, como sentimiento humano penoso, como experiencia de vacío
afectivo y añoranza de la presencia y calidez de los otros, no está
asociada invariablemente a una situación civil determinada (casados,
solteros, viudos o divorciados). Pensar que todos los solteros o viudos
viven en soledad, por ejemplo, es tan prejuicioso como creer que una
persona ha resuelto su soledad porque se ha casado. - En este artículo nos referiremos a los solos y solas
como personas que no han formado sus parejas o, habiéndolas formado en
un tiempo, ahora están sin ellas, ya sea por muerte, divorcio o
separación del cónyuge. - Desde esta definición simplemente descriptiva estamos desvinculando solo (sin pareja) del sentimiento de soledad que todo ser humano experimenta en algún momento.
ALGUNOS MITOS Y VERDADES
El solo/sola es incompleto.
Esta
afirmación es sólo correcta si pensamos en que le falta completar un
aspecto de su vida: la pareja, si es que coincide con su verdadero
deseo. Pero desde otro punto de vista, todo ser humano es incompleto. A
todos nos faltan cosas y esto es lo que nos impulsa a la búsqueda de lo
que necesitamos, sirve como un motor en la vida. La falta de una pareja
habla de un vacío importante, pero de ninguna manera define a la persona total. Es diferente estar soltero (viudo o divorciado) que ser soltero (viudo o divorciado). Se es persona, a la imagen de Dios, pero se puede estar... (diferentes estados civiles). Corregir este concepto ayudará a que los solos no caigan en la autocompasión, y los casados
(supuestamente acompañados) no caigan en las miradas y tonos de
desprecio o lástima, que tanto daño hacen a los que están solos. En Filipenses 4:19, Pablo dice a cada creyente que "Mi Dios pues suplirá todo lo que
os falte conforme a sus riquezas..." Y a las diferentes personas nos
falta completar diferentes aspectos, pero solamente en Cristo podemos
estar plenamente completos. (Colosenses 2:10). El solo/sola es de menor valor. Esta
afirmación difícilmente la escuchemos en forma audible porque pocos se
atreverían a formularla en voz alta, pero es un sentimiento
experimentado por muchos solos y solas, y también compartido por los
otros (no solos). Los seres humanos establecemos, seamos concientes o
no de ello, categorías de lo que es valioso de lo que no lo es. Una de
esas categorías se refiere al estado civil. Muy pocos admitirían
explícitamente que un soltero (¡y sobre todo un divorciado!) goza de un
status inferior en los medios religiosos que un casado. Sin embargo,
las actitudes revelan lo que de verdad pensamos. Y se ven muchas
actitudes de marginación, tanto de parte de los solos como de los
otros. Pero Dios ha borrado las categorías valorativas que separaban a
los hombres: "Ya no hay judío ni griego... porque todos vosotros sois
uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3:28). Esto no significa ignorar las
diferencias (económicas, de nacionalidad, de estado civil, de roles,
etc.), pero es una declaración que permite que nadie alegue
preferencias a la hora de medir su valor ante Dios y acceder a la
salvación, sinónimo de salud integral. El solo/sola es un frustrado o neurótico. Las personas en general pueden sentirse frustradas o ser neuróticas, pero de ninguna manera es una constante para todos los solos.
"Si se quedó soltero es porque tiene problemas psicológicos", es una
frase que escuché tanto de parte de los solteros como de los casados,
refiriéndose a los solos. Es cierto que cualquier persona que
tiene un deseo no cumplido experimenta una frustración, y desde este
punto de vista es claro que aquél que no ha logrado formar su propia
familia, deseando haberlo hecho, se siente insatisfecho en un área muy
importante de su vida. También es cierto que muchas personas no han
formado sus parejas o no la pudieron mantener por tener dificultades
psicológicas que les impide relacionarse íntimamente con éxito. Pero de
ninguna manera se puede generalizar, extendiendo esto a todos los solos.
Sostener este mito aumenta la culpa, el dolor y la marginación
innecesariamente ya que coloca un rótulo negativo y muchas veces falso.
"Yo me quiero casar... ¿y usted?" Muchos de los solos/solas se quieren casar. Y está muy bien. Pero algunos de los solos y solas
no se quieren casar, o al menos no a cualquier precio. Y también está
muy bien. Es necesario respetar las distintas posiciones al respecto y
no intentar casarlos de cualquier forma. A veces advertimos a nuestros solos
de lo contraproducente que resulta el lanzarse con mucho ímpetu hacia
el "candidato" que apareció por la iglesia. Pero también es cierto que
muchos solos padecen el "furor casamenteris" de los buenos
intencionados que los quieren casar a toda costa y les presentan
candidatos (logrando que huyan despavoridos), les hacen bromas todo el
tiempo y finalmente quitan naturalidad al proceso de conocer e
interrelacionarse satisfactoriamente con "personas" (no necesariamente
candidatos al casamiento). Es útil que los pastores u otras personas que tengan un amor y gracia especiales ayuden a los solos
cuando tienen dificultades, les sugieran encuentros saludables con
otras personas y les animen, pero deben evitar caer en "empujar"
situaciones o forzarlas. Casarse es la solución de todos (o casi todos) los problemas Adjudicar todos los problemas (afectivos, sexuales, temperamentales) que tienen los solos a que no están casados, es
tan prejuicioso como adjudicar todos los problemas (afectivos,
sexuales, temperamentales) que tienen los casados a que están casados.
Es verdad que el matrimonio satisfactorio es una fuente de realización
y gozo, pero toda situación humana tiene sus posibilidades y sus
límites, sus alegrías y frustraciones. Muchas veces se idealiza una
situación futura (que tal vez no se dé) para evitar solucionar los
problemas del hoy. "Cuando me case...", o "si me casara...". ¿POR QUÉ ME QUEDÉ SOLO O SOLA? No
es una pregunta fácil de contestar, ni siquiera para el mismo
protagonista. La mejor de las opciones sería poder contestar: "porque
así lo elegí". Y aunque muchos no lo crean, realmente algunas personas
eligen deliberadamente quedarse solteros, o no volverse a casar (si han
enviudado o se han divorciado), y están satisfechos y en paz con su
decisión, siendo una expresión de su madurez y de su libertad. Los
motivos son variados: porque están muy ocupados en alguna misión
especial que sería incompatible con las cargas de una familia; o porque
no se sienten capaces de afrontar la responsabilidad de una pareja e
hijos; o por distintos motivos no siempre fáciles de entender para el
observador externo. También
hay otros que hubieran deseado casarse pero no lo hicieron por falta de
oportunidades. Esto les pasa especialmente a algunas mujeres,
simplemente por una cuestión de desbalance en el porcentaje entre
hombres y mujeres, sobre todo en nuestros ámbitos religiosos donde hay
una clara mayoría femenina. En otros casos, hay algunas dificultades que los solos deben revisar y tratar:
v Problemas
de personalidad, como el retraimiento, la vergüenza, la inhibición
social, hacen difícil que algunas personas se relacionen con otros y en
especial si son del sexo opuesto. Lo mismo sucede con las personas
agresivas o con baja autoestima, que no establecen interrelaciones
personales agradables y fluidas. v Problemas
en la identidad sexual u otros traumas sexuales. Cuando se han
producido fallas en el desarrollo psicosexual (mala identificación con
los padres, situaciones de abuso especialmente sexual, malas
experiencias sexuales iniciales), la persona encuentra muy difícil el
acercamiento a relaciones íntimas como es una relación de pareja. A
veces lo intentan pero se frustran cuando fracasan, y en otros casos
directamente se evita la exposición a situaciones de este tipo que se
ven como potencialmente "peligrosas". v Mala
resolución de la dependencia-independencia. Para poder iniciar y
sostener una relación de pareja es necesario haber madurado lo
suficiente como para ser una persona independiente, necesitado de
interrelaciones adultas. Cuando el joven no ha podido lograr la sana
independencia de sus padres, por ejemplo, difícilmente pueda lograr una
relación saludable de pareja. Muchos de estos jóvenes se casan, pero
los problemas se presentan entonces en la vida matrimonial. En otros
casos, y quizás por la fuerte influencia social, la gente hoy tiende a
no querer involucrarse en compromisos serios y responsables, y no
quieren ceder su autonomía y libertad. En toda relación de pareja hay
que ceder algo de la individualidad para poder formar un "nosotros".
Algunos no están dispuestos a hacerlo, y entonces tampoco pueden gozar
de un sentido de unión y pertenencia en una relación íntima con otro. v Temores
variados: miedo a equivocarse es uno muy frecuente. Se da especialmente
en personas muy exigentes, que no admiten errores y que permanentemente
buscan un ideal difícil, si no imposible, de encontrar. También en las
personas que temen repetir el mal modelo de pareja que han sido los
padres, y no se sienten capaces de lograr un modelo diferente o piensan
que no podrán hacerlo.
Existen
otras barreras y dificultades, pero en cualquiera de los casos queremos
dejar un mensaje de esperanza: éstos y otros problemas se pueden
superar a partir de ser reconocidos y tratados. La motivación no
debería ser: "para conseguir una pareja", sino para ser una persona más
feliz y plena, para experimentar realmente la libertad y el gozo a los
que fuimos llamados en Cristo Jesús. ¿Y LOS OTROS? Es
claro que el vínculo de pareja es el vínculo humano más íntimo, ya que
compromete todas las áreas de las personas involucradas. Dios mismo ha
impreso en el corazón humano el anhelo profundo de esta relación, y
esto lo podemos apreciar todo el tiempo a nuestro alrededor: en
nuestras familias, en nuestras iglesias y en la sociedad toda. Quizás
como un reflejo de este deseo, cada viernes en los diarios más
importantes del país aparece una sección especial, con diversos nombres
según la publicación, promocionando diversas propuestas para este
creciente sector de la población. Hace un tiempo un periódico porteño
publicó un informe especial titulado: "Fórmulas para dejar de ser solos
y solas en la ciudad", con el subtítulo: "Cada vez hay más servicios en
Buenos Aires para que la gente tenga amor" (Clarín, 28-10-2001). Más allá del impacto periodístico que pretenden los títulos, me quedé pensando en ellos. ¿Hay "fórmulas" para que los solos y solas
dejen de serlo? ¿Se pueden crear "servicios" (obviamente la mayoría de
ellos pagos), para lograr que "la gente tenga amor"? ¿Tenemos los
cristianos algo que decir al respecto? ¿Qué dice Dios sobre el tema? Dios nos ha diseñado con la necesidad de relaciones interpersonales significativas. En
su creación original, Dios había hecho un ser humano necesitado y a la
vez capacitado de estar en perfecta relación con El, consigo mismo y
con su prójimo. La entrada del pecado rompe esa inicial armonía, y la
red de relaciones humanas se corrompe y necesita de redención. Por eso
tenemos tantas dificultades en toda nuestra gama de relaciones
interpersonales. Sin embargo, el diseño de Dios pide ser cumplido:
necesitamos amor para vivir. El ser humano puede vivir sano y feliz sin
una pareja, pero no puede vivir sin AMOR. ¿Por qué necesitamos todos
vivir relaciones amorosas significativas, más allá de la pareja?
¨ Generan bienestar y felicidad. ¨ Fortalecen las raíces de la autoestima.
Todos necesitamos sentirnos amados, valiosos, importantes,
pertenecientes, capaces y útiles. Estas necesidades se cubren cuando
recibimos y también cuando nos damos en amor en nuestra variada red de
relaciones con los demás. ¨ Enriquecen nuestra vida emocional.
Cuando nos relacionamos con los demás desarrollamos muchos recursos
internos para hacerlo, y nos obliga a crecer como personas. El
intercambio y la diversidad nos hace más flexibles, ricos, amplios,
ensanchan nuestros límites individuales. ¨ Es un signo de madurez psicológica.
Relacionarnos sanamente con otros ayuda a romper con el natural
egocentrismo, nos invita a desarrollar comprensión, empatía, ayuda, y
también a pedir y recibir lo que necesitamos de otros. ¨ Proveen sostén y son una fuente de seguridad, ayudando a la estabilidad psíquica.
Nadie es autosuficiente en el amor y nadie puede solo, esté soltero,
viudo o casado. Nuestra red de relaciones, cuando es sólida y está bien
cuidada, provee de la seguridad necesaria frente a las pruebas y
contingencias de la vida. No es casual que, en tiempo de crisis, uno de
los ejes que se toman para evaluar el pronóstico de estabilidad
emocional de una persona sea el de sus relaciones afectivas. "Más
valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen,
el uno levanta al otro. Ay del que cae y no tiene quien lo levante!...
Uno solo puede ser vencido, pero dos pueden resistir. La cuerda de tres
hilos no se rompe fácilmente!". (Ecles. 4:9-12, N.V.I.). Si
miramos el contexto, este pasaje no se refiere únicamente a la
fortaleza que se encuentra en el vínculo de pareja, sino a vínculos
diversos. Dios ha provisto un marco donde estas relaciones significativas puedan desarrollarse. Sabemos
que el diablo siempre intenta interponerse en los planes de Dios
desviando y desvirtuando sus propósitos. Su intervención ha producido
la alienación del hombre con su Dios, consigo mismo y con los demás.
Pero Dios nos ha provisto de un Salvador, que nos da salud y vida.
Salud en su sentido más amplio, abarcando también nuestras relaciones
interpersonales. "El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10b). A
diferencia de los antivalores de una sociedad exitista y marginadora de
los más débiles, Dios tiene un especial cuidado por los más débiles y
desea que su pueblo lo imite. El se ha ocupado desde la antigüedad por
lo que hoy llamaríamos la "población de riesgo". Múltiples pasajes del
Antiguo Testamento muestran a un Dios sensible y preocupado por los más
vulnerables: los extranjeros, las viudas (hoy podríamos agregar los
solteros, divorciados, madres solteras, los casados que se sienten
solos), los huérfanos (también abandonados, chicos de la calle, hijos
de divorciados), los pobres. Agregaríamos también hoy a los ancianos,
desocupados, marginados, adictos en recuperación, etc. Es decir,
cualquier ser humano que por sus circunstancias se encuentre
desamparado y vulnerable emocional y físicamente. (Exodo 22:21-27,
Deuteronomio 24:17-18, Deuteronomio 10:17-19, sólo por citar algunos
ejemplos). "Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada. El hace habitar en familia a los desamparados..." (Salmo 68:5 y 6). Encontramos
en el Nuevo Testamento, a partir de la revelación completa de
Jesucristo, la continuidad y perfeccionamiento de estos principios
divinos. Si bien la salvación es personal y Dios trata con el
individuo, El sabe que el hombre necesita vivir en compañía,
sosteniendo y siendo sostenido por los otros. El "hacer habitar en
familia" del Antiguo Testamento se transforma ahora en "pertenecer a la
familia de Dios" (Efesios 2:19), entrando a ella a través de un mismo
Padre. El carácter relacional del evangelio se aprecia en la expresión
tantas veces usada en el Nuevo Testamento: "unos a otros", aludiendo a
las interacciones entre los hijos de Dios. No se trata sólo de
reunirnos en un mismo lugar, orar, cantar y ofrendar juntos, sino de
cubrir unos las necesidades de los otros, satisfaciendo así las
necesidades afectivas y espirituales profundas que cada ser humano
tiene. Sólo
por mencionar algunas de estas interacciones: miembros los unos de los
otros, amarse unos a otros, aceptarse unos a otros, amonestarse
(exhortar, aconsejar, enseñar) unos a otros, servirse unos a otros,
sobrellevar las cargas los unos de los otros, perdonarse unos a otros,
soportarse unos a otros, animarse (consolar, estimular, confortar) unos
a otros, etc. Es
claro que en el ejercicio de estas relaciones nos sentiremos
acompañados, confortados, seguros, además de garantizar el crecimiento
y la edificación mutuos. Cómo hacer prácticos estos principios en cada iglesia local. Hoy
la sociedad se moviliza con mucha efectividad a través de las
organizaciones intermedias. Trueques, sociedades cooperativas, grupos
de autoayuda, y toda clase de asociaciones se crean para la ayuda
mutua, para cubrir tanto las necesidades materiales como afectivas de
las personas. Como cristianos podemos y deberíamos estar presentes en
estos grupos comunitarios, pero nuestras iglesias locales deben ser
especiales espacios de amor y contención, cumpliendo con el diseño de
Dios para su pueblo. "Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe" (Gálatas 6:10). Las áreas de ayuda son múltiples, pero ahora nos estamos ocupando de los solos y solas (en la acepción más amplia del término, y sabiendo que nosotros, los otros,
también podemos estar en la misma situación). ¿Qué podemos hacer en
este sentido? Cada iglesia local puede ser creativa en la
implementación del principio "hagamos bien", y aun unirse a otras
iglesias locales para la multiplicación y optimización de los recursos
a tal fin. ¿Qué necesitan nuestros solos y solas?
¨ Afecto
profundo, en forma de escucha atenta, tiempo, compañía, calor de
familia, etc. Si los amamos realmente, seremos sensibles a sus
necesidades y sabremos cómo cubrirlas con delicadeza y sentido de
oportunidad. ¨ Sentirse "personas" antes que solteros, divorciados, solos.
A veces fallamos cuando pensamos que todos los problemas de los solos
pasan por no tener pareja. "El adulto soltero debe cultivar amistades
con diferentes clases de personas, tanto casadas como solteras.
Compañía no sólo significa un esposo sino también todos los amigos que
necesitamos y que nos necesitan. Una sola persona humana no puede
responder a todas nuestras necesidades. Ni nuestra mejor amiga, ni el
'esposo perfecto', o la 'esposa ideal'. Es por esto que Dios nos brinda
toda clase de personas para satisfacer las muchas y complejas
necesidades que tenemos los humanos" (1). ¨ Estar
en familia, cerca de adultos de su edad, pero también de niños y
jóvenes, que proveen la necesaria cuota de alegría y renovación. "Un
matrimonio afectuoso tiene oportunidades únicas para vigorizar la
propia estima y los sentimientos de dignidad de una mujer soltera. Las
pueden alentar en el cultivo de sus dones y de sus posibilidades, de su
originalidad, de sus contribuciones a la comunidad, de sus atributos
femeninos... Y por otra parte no deben permitir que la fuerte
independencia de algunas mujeres solteras los haga abandonar el
intento. Algunas de ellas muestran ese aspecto exterior porque son muy
vulnerables interiormente" (2). Conozco familias que han "adoptado", a
través de vínculos de amor, a "tías" o "tíos", a los que integran con
naturalidad a sus programas familiares. También conozco a personas
solteras cuyas vidas han sido muy enriquecidas por la adopción de
"sobrinos del corazón", multiplicando así las posibilidades de dar y
recibir afecto. Ambas partes son igualmente bendecidas. ¨ Ser
incluidos en diversos programas de la iglesia. Si bien necesitan
reunirse con un grupo afín para conocerse y desarrollar nuevas
amistades, no es bueno que siempre formen un grupo aparte o que no
puedan integrar de modo natural otros grupos de la iglesia, dado que
esto refuerza el aislamiento. Sin desconocer las necesidades
específicas de los grupos, sería bueno revisar nuestros programas para
ver si tienden a la inclusión o a la exclusión, con el fin de hacerlos
más integradores y abarcativos, sobre todo en un tiempo en que la
sociedad tiende a la atomización. En síntesis, creo que no hay "fórmulas" para
dejar de ser "solos y solas" ni "para que la gente tenga amor". Pero sí
contamos con los recursos y los principios de Dios para que los
cristianos vivamos el evangelio de tal modo que no nos sintamos solos,
sino que podamos hacer palpable el amor y la compañía de Dios a través
de las ricas interrelaciones que vivamos entre sus hijos. LA SEXUALIDAD DE SOLOS Y SOLAS Habiendo
considerado algunas cuestiones sobre la realidad de afrontar la vida
"solo", ya sea temporal o permanentemente, y el rol de la comunidad de
fe con los solos y solas, abordaremos en forma breve un tema rico y
complejo a la vez, que consideramos no puede faltar. La sexualidad del
cristiano/a solo/a es un tópico que no puede faltar por dos motivos al
menos. El primero es porque no se puede ignorar que la sexualidad hace
a nuestra humanidad y el segundo es porque se trata de un aspecto que
provoca muchos cuestionamientos, dudas y temores, eludidos públicamente
pero frecuentemente formulados y consultados en ámbitos más íntimos. La
sexualidad nos diferencia y define como personas. Muchas veces se usan
como sinónimos "sexualidad" y "genitalidad". La genitalidad es sólo una
expresión de la sexualidad. En cambio, la sexualidad tiene que ver con
la forma de sentir, de actuar, de imprimir un impulso vital a todo lo
que hacemos y los diversos matices con que hacemos cada cosa en la
vida, en definitiva, con la forma de ser hombres o mujeres en el mundo. Reconocemos en la sexualidad varias dimensiones:
1. Física
o biológica: Este aspecto da forma a nuestros genitales (femeninos o
masculinos), a nuestras hormonas, a la reacción de nuestros sentidos. 2. Mental: La forma en cómo sentimos y pensamos también es expresión de nuestra sexualidad. 3. Relacional: Implica el deseo de relación íntima con otra persona, el compartir, el comunicarse, el compañerismo íntimo, etc. Lleva al descubrimiento profundo del sí mismo y del otro. 4. Espiritual:
Está implicada la necesidad de trascendencia. Para el hijo de Dios,
vida cristiana y sexualidad no están divorciadas. Por el contrario, la
vida cristiana es integral, atraviesa todos los aspectos de nuestra
vida, incluyendo nuestra naturaleza sexual. Sexualidad y culpa Muchas
veces se asocia "religión" con censura, prohibición, culpa y neurosis.
Dependiendo de cómo se viva la religión, puede ser cierto. El hablar de
sexualidad con frecuencia produce una compleja mezcla de sentimientos:
placer, vergüenza, culpa, duda. Nos cuesta todavía integrar sexualidad
y fe. A veces la sexualidad aparece como una amenaza a la santidad, así
que pareciera que hay que mantenerla a raya, controlada, reprimida. En
el otro extremo, muchos parecen haberse liberado de todos los "tabúes"
sexuales y no se someten a ninguna clase de límites. Aunque parezca muy
obvio, es bueno recordar una vez más que Dios nos creó seres sexuales y se mostró expresamente complacido con su creación. "Y
Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y
mujer los creó.. Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era
muy bueno" (Génesis 1:27,31). "Todo lo que Dios ha creado es bueno..."
(1ª. Timoteo 4:4). El evangelio no asocia sexualidad con pecado, aunque
el cuerpo, y también la mente, en todas sus expresiones puede ser
instrumento del pecado que anida en el interior del ser humano. La
sexualidad, como todas las cosas creadas por Dios, es buena, y debemos
tomarla con acción de gracias, expresándola bajo los parámetros divinos
saludables. "Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por
completo, y conserve todo su ser –espíritu, alma y cuerpo-
irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo" (1 Tesalonicenses 5: 23). "Necesidad sexual": ¿mito o realidad? Vivimos
en una sociedad altamente intoxicada con contenidos sexuales. En
realidad todos, seamos solteros o casados, seamos adolescentes, jóvenes
o adultos, estamos expuestos diariamente a infinidad de estímulos
sexuales. Nos llegan a través de la conversación de nuestros compañeros
de trabajo o estudio, de la publicidad en los medios gráficos o
audiovisuales, las películas, Internet, etc. No podemos ignorar el
efecto modelador que los medios masivos de comunicación tienen en la
sociedad actual. También los modelos y los valores (o antimodelos y
disvalores) nos llegan a través de las opiniones supuestamente
calificadas de psicólogos, sexólogos, actores y cuanto famoso asome por
la pantalla televisiva, que nos dicen lo que debemos pensar sobre todos
los temas de la vida, incluyendo nuestra sexualidad. Es claro que se ha
degradado la sexualidad, rebajándola a un plano meramente físico. Se la
adorna excesivamente relacionándola con el placer y la libertad,
desproveyéndola de sus dimensiones éticas de responsabilidad y
compromiso. Se nos quiere hacer creer que tener relaciones sexuales es
una necesidad ineludible e impostergable para el ser humano. El impulso
sexual con que hemos sido diseñados es una realidad, y no necesitamos
negarlo para tener una actitud correcta con respecto al ejercicio de la
sexualidad. También es cierto que las relaciones sexuales dentro del
matrimonio constituyen el modo completo en que la tensión sexual puede
canalizarse, además de ser la expresión de los componentes emocionales
profundos de la sexualidad humana. Las personas solas carecen de la
posibilidad de esta vía de expresión, y muchas veces sufren por ello. Y
es razonable que sea así. Sin embargo, no es cierto que el sexo genital
sea una necesidad humana básica; nadie muere o enferma por su ausencia.
El amor, en cambio, sí lo es: se puede enfermar o morir por su
ausencia. Y nadie tiene que renunciar al amor, sea soltero, viudo,
divorciado, casado, joven o viejo. "El sexo genital no puede crear
comunión entre dos personas. No puede sacarnos de nuestra soledad. Y
cuando alguien usa sus genitales para escapar a la soledad que hay en
su vida, queda expuesto a ser arrastrado a una prisión mucho más
profunda de soledad" (3). Viviendo saludablemente la sexualidad El cristiano solo (entendido
como sin pareja) no es menos sexual que el casado porque no esté
ejerciendo el aspecto genital de su sexualidad y tampoco debe renunciar
a la sexualidad entendida en su sentido amplio. "Ser sensual significa
estar presente en cada momento de la vida, sintiéndola, disfrutándola,
aprendiendo, explorando, apreciando el mundo que Dios ha creado y la
gente que lo habita" (4). Podemos celebrar el haber sido diseñados por
Dios con impulsos sexuales, agradeciéndole por esto, y desechando
culpas falsas y agobiantes. Tanto los casados, como los solteros,
viudos y divorciados tenemos que entregar nuestra sexualidad a Dios en
la búsqueda de Su voluntad, como lo hacemos con otras áreas de nuestra
vida. "Cuando empiezas a sentirte sobrepasada por tus naturales deseos
sexuales, detente y da gracias a Dios por ser humana y normal. Dale las
gracias porque estás llena de fuerzas creativas, porque el impulso
sexual es parte de las energías básicas que todo ser humano tiene en
íntima reserva para que su relación con los demás tenga un sentido,
para encontrar el propósito de nuestro trabajo diario, para desarrollar
las capacidades artísticas propias, para sentirse recompensado por el
sentido de la realización propia... No aísles tus energías sexuales del
resto de tus poderes por estar constantemente pensando en el sexo" (5). Aceptar
el límite que Dios establece para las relaciones sexuales que deben
darse en el marco del matrimonio, no significa ser condenado a la
ansiedad y la frustración sexual. El quiere que seamos libres, a través
de Jesucristo, tanto de la represión como de la compulsión sexual y
también de la ilusión de creer que el ejercicio de la genitalidad es
indispensable y suficiente para llenar el vacío de una persona al creer
erróneamente de que el sexo tenga poderes para hacernos personas
felices y realizadas. Cristo nos hizo libres en el marco que Dios
estableció para cada situación. No existe la libertad absoluta, ni
dentro del matrimonio ni fuera de él. La verdadera libertad es tal
cuando se respetan los límites protectores y saludables que Dios ha
puesto. "No
buscamos una teoría sobre la sexualidad ni un conjunto de reglas sobre
el comportamiento sexual; buscamos una mejor comprensión de lo que
somos, lo que tendemos a hacer de nosotros mismos y lo que podemos
llegar a hacer por la gracia de Dios. Entonces sí podremos encuadrar
nuestra sexualidad y nuestro comportamiento sexual dentro del patrón y
la perspectiva bíblica"(5). Jesús, un soltero muy humano A
veces tendemos a pensar en Jesús como alguien fuera de la condición
humana. Es cierto, fue completamente divino, pero también fue
completamente humano. "Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz
de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado
en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado" (Hebreos 4:15). Realmente
la humanidad de Jesús es admirable: vitalidad, propósito, actividad,
equilibrio entre razón y emoción, trato con todo tipo de personas,
diversidad de matices en las relaciones interpersonales... ¡Su vida es
emocionante y rica! Desplegó en su breve trayectoria terrenal todo el
proyecto de vida que Su Padre había dispuesto para El. Trabajó con
intensidad, pero también descansó. Disfrutó, pero también sufrió.
Estuvo muy acompañado, pero también muy solo. Fue expuesto a todos los
riesgos y a todas las tentaciones humanas, pero salió victorioso de
todas ellas. Desde
el punto de vista del estado civil, Jesús fue un hombre soltero. No
tuvo una relación de pareja. Sin embargo, en medio de tanta riqueza
personal, se desdibuja si Jesús era soltero o casado. Realmente Jesús
es la clase de persona normal a la que todos quisiéramos parecernos.
Hombres y mujeres, jóvenes o adultos, solos o no solos. Todos podemos y
necesitamos sentirnos identificados con El, comprendidos y más aún,
ayudados en nuestras dificultades humanas, cualesquiera sean. "Así
que, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir
misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la
necesitemos" (Hebreos 4: 16).
Nota: Todas las citas bíblicas están tomadas de la Nueva Versión Internacional. María Elena Mamarian de Partamian Este trabajo fue publicado originalmente en tres artículos en El Expositor Bautista, 2002 Referencias: (1) Ada Lum, Soltera y humana, Certeza. (2) Ibid. (3) Lewis Smedes, Sexología para cristianos, Caribe. (4) Gladis Hunt, Esa soy yo, Caribe. (5) Ada Lum, Soltera y humana, Certeza. |