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“Chicos-problema” ¿Qué hacemos? (1º Parte)

A partir de este mes comenzaremos a incluír mensualmente una serie de artículos que escribieron distintos profesionales del Centro Familiar, que fueron publicados en la revista Niñez,
esperamos sepan aprovechar y disfrutar de este material y con la ayuda de Dios ponerlo en práctica.


Nos proponemos reflexionar sobre algunas problemáticas frecuentes de aprendizaje y conducta en los niños de hoy, que plantean un desafío a la hora de desarrollar cualquier actividad en la iglesia, para reenfocar la tarea del maestro frente a estos casos particulares, y proponer herramientas concretas para el abordaje.
 
Aquí están, estos son

Camila tiene 5 años. Cuando todos los chicos de la escuela bíblica se ubican en ronda prestos a escuchar la historia que la maestra trae para contar, ella está en el otro extremo de la clase, y en realidad, parece estar en otro mundo…

… Leandro tiene 7 años. Se mueve para todos lados, toca todo lo que hay en el aula, incluso los materiales que el maestro apartó para ilustrar la lección de ese día. Habla en voz muy fuerte y hace preguntas cuyas respuestas nunca llega a escuchar… porque ya está “haciendo lío” en alguna otra parte…

… Pablito, parece que siempre está alterado: busca provocar a los chicos del grupo, quitándoles sus elementos, golpeándolos, y a veces hasta insultándolos. Cuando él está presente, cuesta mucho desarrollar la clase en paz…

Impotencia, rechazo, indignación, desesperación: un poco o todo esto sentimos cuando, como maestros, “nos toca” alguno de estos niños en la clase de escuela bíblica u otra actividad infantil de nuestra congregación.

Como si transmitir las verdades de la Palabra de Dios no fuera ya suficiente desafío, aparecen estos “chicos-problema” con todo el desafío que “llegar” a ellos implica.
En el trabajo con maestros en el contexto escolar, muchas veces, escucho la pregunta pronunciada casi con temor o vergüenza: “¿Vale la pena invertir en estos chicos?” “¿Aprenden algo?” “¿Les sirve lo que uno hace para llegar a ellos?”. Generalmente, detrás de estas preguntas, se esconde la impotencia del maestro,  y por qué no, aparece ese rechazo que esta clase de chicos suele despertar, ya que nos confrontan con nuestras debilidades y frecuente falta de herramientas. Nos dan ganas de “salir corriendo”, pero… ¿Qué espera Dios de nosotros? ¿Cuál es la inversión que Dios quiere que hagamos? ¿A qué hemos sido llamados?
Sí, vale la pena

Una manera de encontrar respuesta a estas preguntas, es mirar el ejemplo de Jesús.
Los evangelios (Marcos 5:1-20 y  Lucas 8:26-39)  relatan un encuentro de Jesús con el endemoniado gadareno, que ejemplifica una vez mas el impacto no sólo radical sino integral de Jesús para con las vidas que se acercan a él.
Para este muchacho gadareno, el encuentro con Jesús tuvo un “efecto” puntual en cada aspecto de su vida. Jesús se encuentra con alguien desnudo, corriendo descontrolado y a los gritos, dañándose a sí mismo.
Marcos 5:15 registra las consecuencias de la obra integral de Jesús en la vida de este individuo. “Y vinieron a Jesús y vieron al que había estado endemoniado, sentado, vestido y en su sano juicio, el mismo que había tenido la legión; y tuvieron miedo”.
Cuando alguien se  le acercaba, nuestro Señor no sólo veía un espíritu necesitado, sino una persona total, con múltiples necesidades insatisfechas, y él se encargaba de todas ellas.
La transformación que lleva a cabo Jesús, abarca la totalidad de la persona: lo físico, lo emocional, lo mental, lo social, lo espiritual.
Qué valioso testimonio que muestra lo que Jesús quiere hacer en la vida de las personas, y la misión integral a la que nosotros como sus hijos fuimos llamados en la formación de nuevos discípulos. Muchas veces pensamos que nuestro lugar como maestros en la iglesia es el de atender sólo los aspectos “espirituales” del niño. Pero Dios nos convoca a comprometernos con una tarea integral. Ese compromiso, involucra un mayor desafío, caracterizado por la misericordia y la compasión, y nos lleva evaluar, repensar y redoblar nuestros esfuerzos y las herramientas con que contamos.

Manos a la obra

Hay muchas cosas que podemos hacer entonces para afectar positivamente la vida de estos chicos, con el mensaje del Reino de Dios.

    * Investigar un poquito acerca de la vida del niño en cuestión, es algo que suele ayudar a los maestros con los que trabajo. Seguramente, podremos encontrar un por qué de sus conductas, ya que indagando en su historia, su contexto inmediato, o en las circunstancias por las que está atravesando casi siempre encontramos que detrás de ese comportamiento hay un real padecimiento y, en general, no se trata de una sola causa, sino de una combinación de varias. Los motivos mas frecuentes que originan o mantienen los problemas de conducta o aprendizaje que estos niños pueden presentar son:
      Problemáticas familiares, carencias, abandono, violencia, ausencia de un miembro importante de la familia, desatención, una familia disfuncional, necesidades afectivas insatisfechas, dificultades de los padres en la crianza, dificultades en la puesta de límites, falta de estimulación adecuada, o bien puede tratarse de trastornos orgánicos o psicológicos específicos y diagnosticables que provocan el problema de conducta o aprendizaje. En estos casos, siempre sugerimos promover que el niño sea visto por un profesional competente (Ver: Formar una red)
      Conocer y comprender las circunstancias que afectan al niño, nos mueve a compadecernos de él, comenzar a interesarnos por él, y desear intervenir a favor de él.

    * No quedarse con las primeras impresiones, ver más allá de los hechos, borrar los estereotipos: Por lo general, muchos de estos chicos problema, ya están acostumbrados a no ser bien aceptados en ninguna parte, a llevar el mote de “molestos”, y a que nadie se interese por ellos más allá de su comportamiento indeseado. Es necesario que vayamos un paso más, buscando vincularnos con ellos, e intentemos por todos los medios entablar una relación donde lo podamos conocer más acabadamente. Conocer sus gustos, lo que lo entristece, qué hace durante la semana, su actividad favorita, el equipo de fútbol o la música que le interesa, como le va en la escuela, etc., nos ayudará a conformarnos una imagen más completa de ese niño, y a no quedarnos con lo primero que vemos de él.

    * Plantearse objetivos: ¿Qué quiero lograr con este niño o niña? Muchas veces lo que sucede con esta clase de chicos, es que vemos muy bien lo que  NO podemos hacer con ellos: “No puedo lograr que preste atención”, “No me escucha”, “No se queda quieto”, “No obedece”. Sin embargo, es bueno que nos plantemos algo que queremos lograr para ellos: “Que pueda permanecer atendiendo por lo menos cinco minutos de la clase a lo largo de este mes”; “Que socialice por lo menos con uno de sus compañeros de clase”; “Que participe activamente en algún momento de la clase”; “Que experimente en la clase un clima que lo haga desear venir”. Muchas veces se trata de pequeñas metas, que hasta pueden parecernos poco significativas, pero se trata del comienzo de logros mayores. Y desde ya, que una vez puesto ese objetivo, la pregunta que nos haremos como maestros es: ¿Qué puedo hacer para ayudar al niño en ese logro?

    * ¡Hay muchas maneras de lograr objetivos! Tal vez pensamos que si no logramos que estos niños “se adapten” al esquema de la clase, entonces hemos fracasado en nuestra tarea. En realidad, yo creo que podríamos pensarlo a la inversa. Fracasamos si pensamos que nuestra única meta es lograr que los chicos “se adapten” a nuestra clase. Si nuestro objetivo como obreros del Señor es transmitir los principios del Reino a la vida de los niños e impactar sus vidas con el mensaje integral de Dios, entonces la clase es sólo uno de los medios posibles, pero… ¡hay muchos más! Una visita en su hogar, ayudarlo con las cosas de la escuela, una invitación a merendar, una salida al cine o a la plaza, cualquier ámbito o situación será apta para transmitir algo más que una “lección”. Animémonos a generar nuevos canales de bendición.

    * Revisar el formato de la clase o actividad: Siguiendo con lo anterior, también es útil tener en cuenta cómo estamos diagramando la estructura de la clase bíblica o la actividad infantil en la que estos niños problema se incluyen. Ya dijimos que por lo general se trata de niños con dificultades para estar quietos, para atender, para permanecer haciendo lo mismo por un rato, etc. En ese caso, podríamos pensar en cómo potenciar aspectos como la motivación, la participación activa o vivencial, incluir aspectos lúdicos o recreativos, dinámicas grupales, etc. en nuestra clase. Generalmente, este tipo de situaciones son más significativas para cualquier clase de niño, y en especial producen mejor impacto en niños con dificultades de conducta o aprendizaje.

    * Elogiar y premiar los pequeños cambios. Algo que sugiero siempre a los maestros en la escuela, es que se tomen un momento para expresarle de manera sencilla al niño lo que se espera de él. “Me gustaría que te unas a nuestra clase cada domingo, y que te quedes hasta el final. Hay muchas cosas que yo preparo para vos y los demás chicos que me gustaría que disfrutaras”; “Me gustaría que te animes a jugar con los demás chicos hoy”; “Espero que puedas estar sentado mientras hacemos esta actividad. Luego podrás levantarte”. Al tratarse de metas concretas y pequeñas, por lo general podemos ver los logros en un tiempo. Es bueno que cuando eso ocurre, expresemos verbalmente nuestra satisfacción y reconocimiento al niño, ya que eso aumenta el estímulo para seguir avanzando en el cambio.

    * Formar una red. Es conveniente que no nos sintamos solos en el trabajo con estos niños, ya que muchas veces se trata de una tarea frustrante. Compartir nuestra carga por estos niños con otros, ponerlo en oración, e incluso tender una red de recursos, donde ir buscando soluciones a las diferentes necesidades del niño, para no hacernos cargo de todo “solos”, debería ser una cuestión de prioridad.

      Incluso, en el caso de niños con trastornos graves, es importante en primer lugar, que estemos informados para saber identificar y detectar cuándo estamos frente a una problemática seria, y luego, generar una charla con los adultos a cargo del niño, donde podamos sugerir la consulta profesional y brindarles todo el acompañamiento necesario a la familia en ese recorrido.

    * ¡No cansarse! “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos” (Galatas 6:9). Todos los que frecuentamos el trabajo con esta clase de niños, sabemos por experiencia, que es una tarea que se codea con lo imposible, con la frustración y que más de una vez nos da ganas de “tirar la toalla”. Sin embargo, el poder de nuestro Dios se perfecciona en nuestra debilidad (2ª Corintios 12:9), y tal vez nosotros sembremos para que otro coseche, pero Dios no permitirá que esa semilla deje de dar fruto.

 
 

      Lic. María Laura Panero
      Psicopedagoga y Psicóloga
      Centro Familiar Eirene
      Artículo publicado por la revista Niñez en 2007

 

 

 

 

 

 
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