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¿Soñar no cuesta nada?
por Silvia Chaves

Sueño con una iglesia donde Renzo, con sus doce años y una capacidad diferente de la nuestra, pueda compartir la dirección de la liturgia del domingo. Una iglesia en la que Juan pueda alabar a Dios con toda su voz, sin que le importe si desafina, porque su hija consiguió un transplante, y luego pueda desafiarnos a donar los órganos. Una iglesia donde Pedro, en el tiempo de confesión, pueda pedir perdón por sus arrebatos de violencia, y donde los hermanos, al terminar el culto, lo animen a participar en un grupo de autoayuda y se ofrezcan a orar por él o a acompañarlo a una consulta psicológica. Una iglesia donde se ore e interceda por la vida y ministerio de Fany en la militancia política, donde se acompañe a los ancianos sin familia y donde nadie se quede solo por no tenerla...



Sueño con una comunidad en la cual María, travestida por fuera, y José, por dentro, quienes creen que Jesús de Nazaret es el Cristo, puedan compartir el pan y el vino como anticipo de la fiesta que tendremos cuando el Reino se complete. Una comunidad en la que Marta pueda gritar en el momento de intercesión porque en el hospital donde trabaja no hay gasa ni alcohol, ni fuerzas para servir, pero ella permanece allí por amor al Amado. Una comunidad donde se reciba con brazos abiertos a quien lucha contra el sida, el rencor o la adicción al juego.

Sueño con una familia donde se fortalezca la tarea con matrimonios, se la promueva y consolide como diseño del Creador. Una iglesia donde los niños sean bienvenidos y donde los adolescentes canten con guitarra eléctrica y batería, y Cristina, con armonio. ¡Un lugar donde haya espíritu de compromiso y de fiesta!

Sueño con un pueblo que enfatice y viva el hecho que todos somos misioneros, y que algunos son enviados a lugares especiales. Un pueblo que reconozca a los estudiantes como misioneros en sus lugares de estudio, y ellos vayan allí con la bendición de la comunidad toda. Sueño con un lugar donde se estimule el leer, o el aprender a leer, y el compartir la buena noticia de un Dios que no se olvidó de su creación ni la dejó a la deriva.

Sueño con una iglesia que preste el edificio y el patio para hacer deportes en un barrio que carece de plazas. Una comunidad que abra sus puertas para una merienda reforzada o que clame y reclame para que la Municipalidad del lugar abra las suyas, a fin de responder a las necesidades de la gente.

Sueño con una iglesia donde el estudio de la Palabra de Dios sea tan nutritivo como el mejor plato de la abuela o de Blanca Cotta, y nadie quiera perdérselo. Un lugar donde haya agua fresca para las vidas resecas y cansadas de esta gran ciudad. Un lugar donde se ore por sanidad física, emocional y espiritual, así como también por trabajo, y se acompañe al hospital a quien lo necesite y se busquen opciones solidarias de trabajo conjunto.

No sé si estoy de acuerdo con el refrán popular: "Soñar no cuesta nada". El Dios de la Biblia que conozco en Jesucristo llamó "novia" a la iglesia y se dio por amor a ella. Soñar la iglesia le significó la entrega de sí mismo por los demás. Sí, mejor que revise junto con mis hermanos y hermanas mi entendimiento de la iglesia, ¿no?

Silvia Chaves, argentina, profesora de psicología con estudios de posgrado en psicología educacional, es secretaria académica del CAF, en EIRENE-Argentina.

Artículo tomado de la Revista Kairós (www.kairos.org.ar)    
 
 
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