
| Chicos de hoy: ¿Agresivos o agredidos? |
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por María Elena Mamarian de Partamian Basta con leer los titulares de los diarios, ver las noticias en televisión, escuchar la radio o, simplemente, mirar a nuestro alrededor. Cada día la delincuencia cuenta con protagonistas más jóvenes y más violentos. Cada día se escucha de rebrotes de grupos más radicales y violentos. Cada día los lugares donde se ejerce la violencia están más cercanos (clubes, discotecas, escuelas y ¡los propios hogares!). Cada día los casos, antes aislados, se vuelven más masivos y generalizados. Cada día... ¿a dónde llegaremos? ¿Cómo pararlo? ¿Cómo curarlo? ¿Se podrá prevenir? Se ensaya mil y una hipótesis explicativas y cursos de acción consecuentes, que ponen su acento en lo punitivo (penas más severas, leyes más duras, cárceles más seguras), en lo educativo (prevención, medios de comunicación y colegios como formadores de nuevos modelos), en lo socio-económico (mayor justicia social, acceso a la educación y oportunidades laborales), y demás opciones. Cada una puede tener su parte de razón y también sus limitaciones. Como formadores de la vida de nuestros chicos (niños o adolescentes) —ya sea como padres, maestros o líderes—, el tema nos afecta. Sin llegar a casos tan extremos, a veces nos preocupa la conducta de nuestros chicos, su falta de respeto a los límites, su dificultad para adecuarse a las normas, su manera de agredirse entre ellos y de agredir a sus autoridades, su intolerancia, su impaciencia, su rebeldía e insatisfacción, entre otras cosas. ¿Qué pasa con los chicos de hoy? Los chicos de hoy y de siempre no son «islas» sino que están insertos en una familia, que a su vez pertenece a una sociedad en un tiempo histórico determinado. Creo que podríamos entender algo de lo que les sucede a ellos, o de su reacción agresiva específicamente, si diésemos vuelta la moneda y reflexionáramos sobre lo que reciben nuestros jóvenes de nosotros los adultos, es decir, de su propia familia, iglesia y sociedad. Las características del tiempo que nos toca vivir son potencialmente generadoras de violencia. El individualismo promueve el egoísmo y la competencia cruel. Todas las relaciones —escolares, laborales y aun familiares— se han vuelto ferozmente excluyentes: gana el más fuerte. La velocidad de los cambios hace que todo sea descartable: las cosas, el conocimiento, la tecnología y también las relaciones interpersonales. Esto genera ansiedad e insatisfacción. El consumismo resulta en una perversa deformación del valor de la persona humana. Los jóvenes son el blanco predilecto de una oferta de bienes de todo tipo que, por otra parte, son cada vez más difíciles de alcanzar. El impacto intrapsíquico resultante es la frustración y el desaliento. Y la consecuencia visible es la violencia o la depresión. El predominio del secularismo y el humanismo, que deja afuera a Dios y sus absolutos, no provee una base segura y firme para conducir la vida. Todos estos factores y muchos otros agreden a nuestros chicos de manera constante y han contribuido a crear una generación insegura, rebelde, egocéntrica y, a la vez, asustada. La familia no escapa a esta realidad. No se puede abstraer y vivir en un mundo aparte, pero sí debe estar despierta, operando a modo de «filtro», cultivando una actitud de reflexión y crítica, y proveyendo otros elementos más sanos para su propio desarrollo. También tiene una responsabilidad hacia su sociedad, para ser parte de un cambio. No podemos pretender que la sociedad que desconoce a Dios viva según los parámetros de Dios, pero sí podemos vivir como familias cristianas los valores y las reglas bíblicas para la familia de Dios, el modelo de sociedad que él propone. John Stott definió esto como una «contracultura cristiana» que es sal y luz en la cultura de la que formamos parte. Mirar puertas adentro ¿Qué pasa cuando en nuestros propios hogares agredimos a nuestros chicos? Aun sin intención, por acción u omisión, podemos estar lastimando a nuestros hijos. Efesios 6:4, en un capítulo dedicado a las relaciones familiares y sociales, contempla esta posibilidad: «Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor». En la versión parafraseada: «Y en cuanto a ustedes, padres, no estén siempre regañando y castigando a sus hijos, con lo cual pueden provocar en ellos ira y resentimientos. Más bien críenlos en amorosa disciplina cristiana, mediante sugerencias y consejos piadosos». Hay muchas maneras de agredir a los chicos, con las cuales logramos respuestas de agresión, rebeldía y desobediencia, o bien de desaliento, depresión y desánimo. Algunas de ellas son: – Inflingir maltrato físico, sexual, emocional o verbal a los hijos, o hacer esto los padres entre sí. – Hacer intervenir al hijo en los problemas conyugales, como aliado, par o responsable. – Tener preferencia manifiesta o implícita por alguno de los hijos, lo cual daña al excluido y también al «preferido». – Faltar el respeto al niño o adolescente: ridiculizar, burlar, ironizar, despreciar o criticar. – Poner normas rígidas, inalcanzables, o que no contemplen las posibilidades de la edad o la personalidad del hijo. – Establecer castigos excesivos o injustos. – Abandonar física o emocionalmente al hijo o, por el contrario, sobreprotegerlo y ahogarlo. – Carecer de disciplina y límites adecuados, que son expresión de amor cuando son bien administrados. – Desalentar la independencia gradual y responsable, sobre todo en el adolescente. – No estimular los progresos y esfuerzos. – No permitir las expresiones de desacuerdo, las críticas o enojos, dentro de un marco razonable de respeto. – Hacer sentir al hijo responsabilidad o culpa por todo lo malo que sucede en el hogar. – No proveer posibilidades de comunicación (tiempo, actitud de escucha, no censura, etc.). – Amar al hijo de manera condicional, sólo por sus logros y adecuación a nuestras expectativas. – Desvalorizar sus intereses, criticar a sus amigos. – Ser indiferentes o críticos frente a sus miedos y angustias. – Ser incoherentes entre lo que decimos y hacemos. – Desconocer o desalentar sus necesidades sociales y espirituales. El objetivo de esta reflexión no es poner toda la carga de responsabilidad en los padres u otros adultos responsables, pero sí lograr que, como tales, podamos entender que las expresiones agresivas de un niño o adolescente son un síntoma con un significado a descubrir. La violencia es una respuesta inadecuada a un estímulo. Entonces, las preguntas serían: ¿qué están recibiendo nuestros niños y adolescentes? ¿A qué están respondiendo? Esto no significa que ellos no sean responsables por sus conductas, sino que nosotros, a la par que les enseñamos a hacerse cargo de sus acciones, quizás podríamos ayudarles más eficientemente preguntándonos si estamos contribuyendo o no, como adultos, a generar una respuesta agresiva o violenta. Los chicos no necesitan ver adultos perfectos, pero sí humildes y seguros, capaces de reconocer sus errores y modificarlos, de buscar ayuda y consejo cuando es necesario, y de ir buscando día a día el modelo de Dios. ¡Que podamos, como nuestro Padre Celestial, tener pensamientos y actitudes de paz hacia nuestros chicos, provocando en ellos respuestas en el mismo sentido! «Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza» (Jer 29:11 NVI). María Elena Mamarian de Partamian, Psicóloga, docente de Eirene y coordinadora del Centro Familiar Eirene. Artículo tomado de la Revista Kairós (www.kairos.org.ar) |