|
Por Jorge Galli “Tal vez José nos odia, y se vengará de todo el mal que le hicimos” (Génesis 50:15). Aún cuando José ya había dado señales de perdón y reconciliación, sus hermanos no tenían paz en sus corazones. ¿Por qué? Porque todavía guardaban prejuicios.
Un prejuicio es una enfermedad social, que quita la paz del alma porque nos induce a la desconfianza. Pero sospechar o desconfiar de los demás por temores puramente imaginarios, no sólo nos quita la paz del alma, sino que también puede desencadenar discriminaciones, humillaciones y hasta puede llevarnos a vergonzosas “limpiezas étnicas”. Un prejuicio es un juicio que se ha formado antes del debido examen y consideración de los hechos, es un juicio prematuro con resultados emocionales y espirituales a veces devastadores para las relaciones humanas. Pensar mal de otra persona por la religión, la raza, o simplemente por el apellido que lleva, es muchas veces condenarla a representar un estigma del que no son responsables.
¿Cómo podremos deshacernos de los prejuicios? La respuesta sólo puede venirnos por el Espíritu Santo. El mismo Espíritu que bautizó a hijos e hijas, jóvenes y viejos, siervas y siervos en Pentecostés, sin hacer acepción de personas, el mismo Espíritu que dejó atónito a Pedro y sus compañeros, cuando descendió también sobre los gentiles.
Caminemos este día en el fruto de la paz, dejando al Espíritu Santo obrar la liberación de nuestros prejuicios.
Oración: Señor, que nuestra manera de pensar, de sentir y de relacionarnos con los demás, reflejen tu amor por todos los hombres y por todos los pueblos de la tierra. |