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Por Jorge Galli “Cuando José llegó a la casa, sus hermanos le dieron los regalos que habían traído y se inclinaron hasta tocar el suelo con la frente” (Génesis 43:26). Aquella postal familiar de regalos, saludos y reverencias no parece pertenecer a la violenta historia de José y sus hermanos. Sin embargo, los sueños premonitorios de José se están verificando en la realidad: algún día ellos se doblegarían ante él.
Pero José es benigno, no se aprovecha de las circunstancias para hacer valer su poder, sino que pone su don de buen estratega al servicio de su familia, y a través de pequeños gestos logra salvarlos de una desintegración segura. No basta desear la paz familiar, si este deseo no va acompañado de pequeños actos cotidianos que hagan posible el deseo. Desde una simple caminata con el cónyuge para distendernos de las tensiones, hasta el cuidado de las palabras que usamos para comunicarnos puede ayudar a la paz familiar. Desde el saludo al despedirnos o encontrarnos, hasta una llamada por teléfono para preguntar cómo estamos.
Todo lo que es puro y verdadero aporta a la paz familiar: la delicadeza en el trato, los regalos, los piropos, las caricias, apoyar a los más débiles, como los niños y los ancianos, acordar decisiones entre todos, colaborar en la promoción de un proyecto, respetar la opinión de los demás... todo esto puede fertilizar el terreno de la paz familiar.
Sin embargo, lo que sirve de fundamento a estos pequeños ingredientes de la paz familiar es que todos, como familia, busquemos al Señor, oremos unos por otros y leamos su palabra. Este es el cuadro familiar que más necesitan nuestras familias hoy.
Caminemos este día en el fruto del Espíritu, abonando con pequeños gestos la paz familiar y guiándonos como familia por el Espíritu de Dios.
Oración: Gracias, Señor, por ayudarnos a construir la paz familiar; sé tú el guía de nuestra familia.
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