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por Jorge Galli "José se cortó el pelo, se cambió de ropa y se presentó ante el faraón" (Génesis 41:14).
Cuando José sale de la cárcel su aspecto físico luce feo, no condice con el de un príncipe de paz como él es. Pero antes de presentarse ante faraón, adecua la apariencia a la esencia y se presenta no sólo como un hombre pacífico, sino como un hombre pulcro. Años más tarde, aun el profeta Daniel luce no sólo sabio e inteligente sino sano y fuerte por no contaminarse con la comida del rey pagano.
La pulcritud y el aliño también son señales de un corazón en paz. El aseo y la higiene, una buena dieta y una buena siesta, no están reñidos con la paz del espíritu; por el contrario, son senderos que nos acercan más a ella.
La paz no es sólo para el espíritu o para las relaciones interpersonales. ¡Démosle paz también a nuestro cuerpo, que es templo del Espíritu! Bendecir a nuestro cuerpo con el cuidado, el aseo y el descanso es parte de la paz integral que Dios quiere darnos. Cuán gentil fue Jesús con sus agotados misioneros al invitarlos a pasar unos días de descanso en un lugar tranquilo.
Esto puede parecernos no muy espiritual, pero unas uñas bien cuidadas, una cara bien afeitada, un bonito peinado o una blusa bien planchada inspiran confianza, aceptación y armonía. ¿O es que nuestro aspecto o nuestra vestimenta tienen que lucir poco atractivos para garantizar nuestra espiritualidad?
Caminemos este día en el fruto de la paz celebrando las bendiciones de un cuerpo bien cuidado, bien alimentado y bien descansado.
Oración: Gracias, Señor, porque junto al fruto de la paz, nos das un cuerpo dispuesto a expresar la belleza de tu gloria.
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